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El arte de morir con absurdidad Imprimir
Escrito por Lucas Arias   
Miércoles, 19 de Noviembre de 2008 13:22

Un Chevrolet Impala a punto de ser invadido por el mundoWalters, un camionero norteamericano, se mató de un tiro un día 1993. ¿Quién era este señor? Saltó a la fama en 1982 cuando creó un globo aerostático con una silla de jardín impulsada por 42 globos de helio.

Como lastre: él, una pequeña radio, una botella de agua y un arma para matar globos. Y sí, decidió cumplir su sueño de volar. Partió desde el jardín de su casa y logró flotar sobre el cielo de California. El problema es que se elevó unos 5.000 metros sobre el nivel del mar. Afortunadamente, con su buena puntería pudo ir eliminando globos que lo hicieron descender poco a poco. Tuvo tiempo de contactar por radio y dejó atónitos a autoridades, personal y a todo el servicio de la fuerza aérea norteamericana, cuyos pilotos vieron al personaje sentadito en su silla de jardín a tan lejana distancia de la tierra. Imaginamos los rostros de estos aviadores, no darían crédito a lo que veían. Lo increíble es que sobreviviese a tal aventura. Se hizo célebre en los medios del pais, pero pronto pasó al olvido para morirse sólo entre montañas y con una bala dentro de corazón.

Tampoco pudo contarlo otro que, quizás por ver demasiado Discovery Channel, tuvo la genial idea de montar el reactor de un avión de guerra en un Chevrolet Impala. Lo elevó a escasos metros de la Tierra a velocidades inhumanas y terminó con su vida al estrellarse contra una gran roca en el desierto de Arizona. Maldita roca. Éstas y otras historias forman parte del llamado mundo de las muertes absurdas. Los premios Darwin galardonan anualmente, no sabemos si a sus protagonistas o a sus historias, a los que han perdido la vida de la forma más absurda.

Y es que la muerte, ese trágico final que nos amenaza cada día, tiene distintas caras. A veces es tan frívola y tan inesperada que puede sorprender a los que quedan vivos con una sonrisa implacable. No sabemos si el humor negro nació inspirado por estas macabras casualidades... Pero lo que sí es cierto es que el anecdotario necrológico está ahí para el entretenimiento general del personal.

La muerte en sí tiene un componente de absurdidad innegable. Hay centenares de ejemplos de defunciones absurdas. No deja de ser una fase de la vida. Personajes anónimos y famosos han caído en los brazos de la suerte negra sin posibilidad de reclamación alguna. Ni la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), ni San Pedro, ni Pompas Fúnebres atiende súplicas. A uno le toca y adiós.

Vejigas, o muertes por explosión

Las muertes por explosión de la vejiga urinaria tiene un componente trágico más que sorprendente. Suelen estar relacionadas con la buena educación, la glotonería y la estupidez mental del futuro cadáver. Cuentan que un tal Tycho Brahe, astronónomo del siglo de XVI, falleció víctima de una cistitis ocasionada tras una larga cena de la que no se ausentó ni para ir al baño por educación. Padeció 11 días de agonía antes de morir. En 1996 se abrió su tumba para analizar sus cabellos: se encontraron dosis elevadas de mercurio, probable causa final de su muerte. Todo indica que él mismo se medicaba para terminar con sus disfunciones de vejiga. El problema es que Brahe pasó a la historia principalmente por este "bulo". Esperamos contribuir desde aquí a limpiar su reputación mortal.

Por atragantarse

No hace mucho, justo cuando daban las campanadas, una tal señora Josefa, de 72 años de edad, fallecía al atragantarse alguna de las 12 uvas con la que los españoles celebran la entrada del nuevo año. Ignoramos si fue la séptima, la sexta o la cuarta. El caso es que el médico no se atrevió a certificar la muerte por asfixia hasta pasados unos días, cuando la autopsia reveló la causa directa. Descanse en paz y malditas ciertas tradiciones.

Casos como éste son relativamente habituales... Un gallego, que respondía a las iniciales F.M.D., pereció en su bar habitual víctima de algún trozo de comida que se coló por donde no debía. Significativa es la declaración del dueño del bar donde ocurrió el suceso: "Una vecina me contó que él siempre había querido morir en un bar, su deseo se le cumplió". Nos alegramos.

Muertes inesperadas

Pero no todo el mundo se despide donde quisiera. Uno no suele estar preparado cuando la muerte le sorprende. Sino que se lo digan al bueno de Esquilo, escritor griego que falleció al caerle una tortuga del cielo. Un águila que tenía por costumbre tirar las tortugas contra las rocas para poder disfrutar de su carne, tuvo la mala idea de soltarla encima del pobre Esquilo. Se hizo popular por su estrambótica muerte. Que los dioses te alejen de las aves, Esquilo.

Algunas de las descripciones de estos óbitos no tienen despedicio. Como el de Ken Barger, de 47 años, que se disparó accidentalmente y murió en Newton, Carolina del Norte (EEUU). Estaba en cama y se despertó con el sonido del teléfono. Intentó alcanzarlo, pero se equivocó. En su lugar, echó la mano a un revólver Smith & Wesson 38 Special y lo accionó en su oído. Eso pasa por dormir con el teléfono al lado.

Terrible fatal también el de un joven norteamericano que fallecía en julio de 1998 en Michigan. Perdía la vida con sólo 28 años tras poner a prueba su capacidad para aguantar bajo el agua de una piscina. Era un juego de amigos que salió demasiado caro. A eso se le llama respirar profundamente.

En un día caluroso de 1997, en Buxton (California), Daniel Jones moría en la playa cuando la arena que había sacado para hacer un hoyo de 2.5 metros de profundidad se derrumbó con él dentro. Cuentan que había estado sentado en una silla plegable en el fondo del hoyo un jueves por la tarde. Trabajadores de rescate usaron un equipo pesado y tardaron casi una hora en liberarlo. Pobre chaval. Pasar tanto trabajo para morir.

Por tozudez

La tozudez también forma parte de la genética humana, y la muerte, que lo llena todo en esta vida, también está presente. Como aquel que trató de mostrarle a un amigo que por los cables del tendido eléctrico del ferrocarril no había electricidad por las noches. Imagínense la cara del amigo cuando lo vio allí achicharrado. "Tenías razón, sí", le hubiera gustado decir.

Por avaricia

Un norteamericano tuvo el honor de llevarse el Darwin de 1995 al perecer aplastado por una máquina expendedora de refrescos. Al fin y al cabo eso le podría haber ocurrido a cualquiera que se haya peleado con uno de esos artefactos. En sus bolsillos se encontraron 3 dólares en monedas y 25 en billetes. Todo por ahorrarse unos durillos.

Pues sí, así es la vida. Existen muchas formas absurdas de pasar a la historia. Dicen que el arte es morirse de frío, pero visto lo visto, habría que ver hasta qué punto morirse es también un arte.

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