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Es maravilloso poder estudiar cine, ¿quién pudiera en este país de miembros y miembras? Y bueno, si lo haces en alguno de los College de Harvard pues mejor que mejor. Esos afortunados son pocos, y uno de ellos fue ese tal Darren Aronofsky, un norteamericano nacido en Brooklyn en febrero del 69 que dirije grandes películas. Sus primeros proyectos audiovisules, cortos “insignificantes” ('Supermarket Sweep' -1991, 'Fortune Cookie' - 1991 y 'Protozoa' - 1993), cuajaron numerosos éxitos, premiados en varios certámentes de creadores noveles. De ahí a contar con 60 mil dólares para lanzar 'Pi, el reino del caos” (1998) (Premio de Mejor Director en el Festival de Sundance de 1998. Mejor Primer Guión en los Independent Spirit Awards). En resumen, una célebre obra del “underground” cinéfilo.
Este estudiante de “animación y acción real” no es ningún mindundi. Su filmografía, de momento corta, (teniendo en cuenta las numerosas que existen con Esteso y Pajares como protagonistas de la España más cañí), es un auténtico prodigio de originalidad, contundencia visual y narrativa. Un genio, vamos. Nada que decir cuando en su cuarto largometraje se hace con la Espiga de Oro en Venecia con 'El luchador' (2008), donde recupera la figura de un denostado Mickey Rourke para devolverlo a primera línea de fuego “actoril”. La historia de un púgil en plena fase decadente le ha valido al bueno de Darren para darse a conocer al público oficial. Los que ya conocíamos algunas de sus obras no nos ha extrañado. Es más, nos alegra saber que ha lanzado una nueva película, que por lo que se lee y cuentan, es magnífica. No obstante, su obra ya llamó la atención de crítica y público con la aparación de sus dos primeros filmes largos. El primero, el mendionado 'Pi', y el segundo “Réquiem por un sueño” (2000) (No se pierdan la oportunidad de visitar la web oficial, todo un delirio de diseño digital). A éste le seguiría 'La fuente de la vida' (2006), la historia de un personaje que intenta curar a su esposa con la savia buscada y rebuscada de un árbol milenario que da la vida. Polémica obra que sembró divisiones entre la presunta crítica especializada. Uno que aún no la ha visto no puede más que mostrar sus esperanzas. Optemos por el silencio. La obra de Aronofsky tiene un estilo muy particular. Su cine es extremadamente visual, muy fluído, con primeros planos arrebatadores, con constantes cambios de ritmo, con historias crudas y llenas de una profunda crítica a la sociedad y a la ignorancia que hace cada individuo del resto de sus comunes. Es un modo de entretenimiento útil y enriquecedor para quien guste del buen cine. Nada que no les suene. Sus personajes están obsesionados. Son seres cautivados por una idea ('La Fuente de la vida', la curación), un privilegio ('Pi', las matemáticas), un vicio ('Requiém', las drogas, el culto a la imagen). Toda su vida gira entorno al devenir de una causa que los lleva a la destrucción o la resurrección. Caídas brutales, no sabemos si para levantarnos o hundirnos eternamente en la miseria más profunda. Sus propuestas visuales son sorprendentes. Lo podemos ver en ‘Réquiem’ en la historia de tres amigos yonkis y la madre de uno de ellos que se destrozan su vida de la mano de la heroína, el crack, y las pastillas para adelgazar en el caso de esta última. Como ejemplos están la representación casi física de un pico de heroína, que se repite a lo largo de la película como un monumental ejemplo de montaje cinematográfico de categoría. O las antológicas escenas de la madre Sara Goldfarb (Ellen Burstyn en una actuación memorable en todo el film) aterrada ante la visión (en el sentido más estricto de la palabra) de una nevera monstruosa que la quiere devorar. O las escenas en donde el tiempo narrativo se sucede al paso de rapídísimos fotogramas con un reloj que marca las horas de la caída en desgracia de una señora obsesionada con participar en un programa de adelgazamiento que anuncian por televisión. La desgarradora crítica que se hace del culto a la imagen y a la inopia social, a la hipocresía de una sociedad ombliguista que mira para otro lado cuando la soledad del vecino se presenta como una bomba nuclear en el medio de la nada. Todo ello acompañado del drama, de la tragedia de unos personajes que pasan del verano a la primavera y al más oscuro invierno en una caída sin paliativos, en un devenir que se anuncia a lo largo del film como una bola de nieve que cada vez es más gigante y termina por estrellarse contra un muro de desvergüenza. Una derrota para los sentidos. El final de este film es quizás uno de los más impresionantes y desgarradores que se han podido ver en las salas y dvds de turno. Nadie con un mínimo de estímulos en su vida podrá olvidar jamás el Gang Bang de la yonki Marion Silver (Jennifer Connelly) rodeada de sabuesos sexuales gritando “ass to ass” (culo con culo) como posesos en un festín de carne y sexo, el brazo infectado y cangrenado de su novio Harry Goldfarb (Jared Leto), las dudas y el mundo interior de un Tyrone C. Love (Marlon Wayans), amigo de ambos, que lucha por salir de un infierno al que se enfrenta consciente de su tragedia: la soledad más puta. Y como no, los shocks eléctricos a los que someten a la señora Goldfarb para sacarla de sus obsesión, para dejarla postrada y totalmente olvidada de la mano de una sociedad que supuestamente existe. Como condimento, una banda sonora descomunal creada por Clint Mansell y utilizada posteriormente para adornar programas de televisión, filmes y anuncios. Así hasta llegar a un final que necesita de telespectadores con estómagos poco sensibles. Un momento involvidable del cine. Historia viva hasta el fin de los tiempos. Les dejamos con las últimas escenas… Advertencia: absténgase almas poco perversas.
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