Al hablar de mitos cinematográficos lo primero que suele venir a la mente es la idea de un gran actor o una gran actriz (en detrimento de directores, productores o guionistas, etc) con el añadido de una vida pletórica...
...en cuanto a éxito así como un reconocimiento social amén de (quizás) un final trágico o una vida cuanto menos turbulenta. Así tendríamos a James Dean o Marilyn Monroe, por ejemplo. Personajes que saturan todos los medios convertidos ya en iconos de la cultura en general. Pero también existen mitos cuya corta y también brillante carrera descansan en la sombra en espera de ser visitados una vez más: este es el caso de Jean Harlow.
Gran mito de la época dorada de Hollywood y bautizada por la prensa como “la rubia platino”, Harlean Carpenter nace en Kansas City, Missouri, el 3 de marzo de 1911 en el seno de una familia de clase media compuesta por su padre dentista y su madre, ama de casa. Ésta, extremadamente protectora, crea un vínculo muy estrecho entre ambas hasta el punto de llamarla Baby en vez de Harlean. Como anécdota, Jean repara en ello una vez que ingresa en la ciudad de Kansas en una escuela de arte dramático para chicas llamada “Miss Barstow” y es allí donde descubre que su verdadero nombre no es otro que Harlean. En 1923 se muda con su madre a Hollywood en un primer intento de debutar en el mundo del cine, pero no tiene éxito. Dos años después, su abuelo la envía a un campamento de verano en Michigan donde contraería la escarlatina y es a los dieciséis años cuando conoce a Charles McGraw, cuatro años mayor que ella y heredero de una gran fortuna, de quién se enamoraría mientras asistía a la Ferry High School en Forest, Illinois y con quién contraería matrimonio en 1927. Cuando se mudan a Los Angeles (aunque ella realmente se fuga del hogar) en un segundo intento de debutar como actriz, los ejecutivos de la Fox la contratan. Para aquel entonces sus padres ya se habían divorciado y Jean Harlow sólo volvería a ver a su padre una vez más en su vida.
En esa época convulsa de finales de los veinte y con la gran proyección del nuevo séptimo arte con voz incorporada a la pantalla, hace todo lo posible por abrirse camino en ese mundo para lo cual decide (con la sugerencia de los directivos del estudio) cambiar su nombre por otro más artístico como Jean Harlow, empleando para ello el apellido de soltera de su propia madre.
Como todos los comienzos son duros, su caso no compone una excepción. Consigue pequeños papeles en cortometrajes de género cómico. Sus primeras apariciones datan 1928 como "Double Whoppe", film en el que los protagonistas son Stan Laurel y Oliver Hardy, también conocidos como el gordo y el flaco. Al año siguiente se divorcia y a pesar de esos pequeños papeles antes de debutar con una interpretación como protagonista, consigue salir en Ángeles del Infierno, 1930, de Howard Hughes (en la que sustituía a la actriz sueca Greta Nissen, descartada por Hughes debido a su acento, poco cinematográfico) y fascinar al público aunque no a la crítica especializada que se muestra reticente llegando a calificar su actuación como “terrible”. Más tarde, en Public Enemy (El Enemigo Público, 1931, de William Wellman) al lado del gran James Cagney, deja huella con su gran personalidad en escena que sí es alabada por el público pero no así por los críticos. También participa en "Luces de la ciudad" (1931) de Charles Chaplin y "La jaula de oro" (1931) de Frank Capra, que atraen a los ojeadores de la Metro Goldwyn Mayer, que terminaría contratándola en 1932, año en el que se casa con Paul Bern, el hombre de confianza de Irving Thalberg, veintidos años mayor que Harlow. Este enlace acabaría en tragedia debido a su suicidio pocos meses después cuando Bern termina con su vida por padecer impotencia y no poder satisfacer a su joven mujer, según la versión de la Metro ya que circulaban rumores de un posible asesinato por parte de ella. Para colmo, esto tiene un efecto dominó con el también suicidio de la primera mujer de éste, Dorothy Millette que acaba con su vida al arrojarse al río Sacramento al enterarse de la muerte de su ex-marido, hechos que lejos de perjudicarle en su carrera, le dieron mayor popularidad. Así con tan sólo 21 años, la rubia platino se convierte en superestrella del celuloide por aquél entonces bajo la atenta mirada de la Metro. Con filmes como "La pelirroja" (1932) de Jack Conway o "Tierra de pasión" (1932) de Victor Fleming en cartelera, sus fans se teñían el pelo al igual que ella, para obtener ese tono platino tan característico. Incluso un concurso organizado por Hughes llegó a premiar con 10.000 dólares al peluquero que lograse el peinado de tono más idéntico al original. "Cena a las ocho" (1933) de George Cukor, "Tu eres mío" (1933) de Sam Wood, "Busco un millonario" (1934) de Jack Conway, "Mares de China" (1935) de Tay Garnett, "Entre esposa y secretaria" (1936) de Clarence Brown o "Una mujer difamada" (1936), también de Conway, son sus mejores filmes. A mitad de los años treinta, Harlow era una de las actrices mejor pagadas de Hollywood y la principal estrella de la Metro. Para acallar el romance de Harlow con el boxeador Max Baer, la Metro le sugiere una boda con el director de fotografía Harold Rosson con el fin de lavar los chismes contra ella por parte de la esposa de Max. El divorcio llegaría, como no, poco tiempo después. William Powell también estaría entre sus numerosas conquistas. Y es que a Harlow se le atribuyen lindezas como “Me gusta levantarme cada mañana con un hombre distinto" o "La ropa interior me resulta incómoda y además mis partes tienen que respirar", lo cual, era toda una provocación para la época.
Su último film, Saratoga, el título más taquillero del 37, en el que compartiría cartel con Clark Gable y que tendría que concluir una doble, cierra las dieciocho películas en su haber. Durante su rodaje, Harlow, de veintiséis años, se siente mal reiteradamente y es hospitalizada el 29 de mayo. Las consecuencias de la escarlatina harían mella en sus riñones y pondrían el rótulo “The End” el 7 de junio del treinta y siete, a una vida convulsa, brillante y también fugaz. En su epitafio en Glendale, California, se puede leer: “Our Baby” (nuestro bebé, o nuestra niña), como la llamaba su madre.