NACHO VEGAS: LA MAGNITUD DE UN MANIFIESTO EN DIRECTO
No es cuestión de presumir aquí de la cantidad de veces que he visto en directo a ese ilustre creador de canciones. La primera vez fue en Vigo hace años, tras las recientes publicaciones de ‘Cajas de Música Difíciles de Parar’ y de ‘Canciones desde Palacio’ (Limbo Starr, 2003).
Fue uno de los conciertos más importantes de mi vida. Supongo que a ustedes les importará un carajo esto, pero es un modo un tanto vulgar de decir que soy “fan total”. El caso es que además de las canciones me llamó mucho la atención la presencia del creador en persona, recuerdo que cantó algo sobre el papel de estraza y la piel. Yo lo miraba a apenas metro y medio, con los focos, la luz, la atmósfera observadora. Aquel pelo hacia delante tapándole totalmente la cara. La actitud, tímida y arrasadora. Me pareció algo mágico. Fue un momento orgásmico musical. Escribí una crónica en una vieja web, seguí sus pasos con interés. Logré entrevistarlo un par de veces. Después me paseé por sus directos allá por donde podía estar; Santiago, O Grove, A Coruña, Carballo, A Estrada, Barcelona. No sé si me queda alguno… Es que me gusta “fardar”.
Ni que decir tiene que escuchar las canciones del señor Vegas hoy en día me causa una sensación distinta a la de las primeras veces. Cuando el otro día (24 de abril, 2009) lo vi en Teatro Colón de A Coruña en una actuación magistral en el marco de ciclo sonoro de Caixa Galicia ‘Sons da Diversidade’, me di cuenta de muchas cosas.
Primero, cada vez se parece más físicamente a Nick Drake, autor que en aquella primera época de escuchas vegasianas no conocía. Hace apenas un par de años me hice con un par de discos, y entonces logré comprender un poco más quien es Nacho Vegas.
Segundo, la perfección. El Señor Vegas, lejos de esa imagen de perdedor que algunos le quieren colgar, debe ser un tipo ultra perfeccionista. Sus conciertos, tanto en lo musical como en lo interpretativo están “clavados”. Pensados, ensayados, medidos con precisión matemática. La banda se convierte en la mano ejecutora de unas canciones de extraordinaria factura en la que la memoria infinitesimal de Vegas aparece de un modo mágico y asombroso. Impresiona esa capacidad para no cometer errores con creaciones de tal magnitud métrica.
Tercero, la banda de la que se rodea es fantástica. El tal Xel Pereda es un astur capaz de tocar las guitarras con una facilidad insultante. Aparece y desaparece, anda por allí, cambia de instrumento… Junto a él, su clásico batería y percusionista, Luis Rodríguez. Un bajista, que como casi todos los bajistas, pasa desapercibido (Manu Molina), y un músico de alta clase como es Abraham Boba, que aporta coros y ese lado pianístico que enriquecen y dan otra vuelta de tuerca más a los directos del gijonés.
Cuarto, soy de los pocos capaces de identificar cada uno de los temas con apenas un sonido, (o al menos situarlas en un disco). Tocó ‘Canción del extranjero’, también esa mágica versión cañera de ‘El ángel Simón’. Lo dicho, que las identifico como si nada. Es que soy muy fan… creo que ya lo había dicho ¿no?
Hubo guiños para las nuevas canciones, como esa ‘Mondúber’, o ‘Dry Martini, S.A.’, ‘Morir o matar’, 'Un desastre manifiesto'. Para los clásicos como ‘La plaza de la soledá’, ‘Gang-Bang’, que sonó ligeramente acelerada para el gusto de un servidor, ‘Ocho y medio’ con esa guitarra Guild idéntica a la utilizaba Drake y que supongo utiliza el bueno de Nacho como instrumento creador de toda su inmensa obra musical. Adoro ese instrumento.
Pues sí… Muchas veces tengo la impresión de haber tenido la inmensa fortuna de ser contemporáneo de Vegas. Cuando pasen los años, las décadas, y tenga tiempo de mirar atrás, de echarle un vistazo a ese genio, me preguntaré en dónde estará ese creador de canciones y pensaré: “¡joder!, cuándo coño escucharé en directo ‘En la ardiente oscuridad’”, para mi gusto su mejor canción.
¡Ah! Para que conste en acta, conozco a gente aún más fan que yo.
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