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Man Ray, el fotógrafo con alma de pintor Imprimir
Escrito por Guillermo López   
Domingo, 18 de Enero de 2009 16:43

Man Ray - FotógrafoEL ESTADO MENTAL DE UNA IMAGEN 

Man Ray (cuyo verdadero nombre era Emmanuel Radnitzky) nació en 1890 en Philadelphia, de familia judía, se traslada a Nueva York en 1897 donde estudia Bellas Artes.

Para él la fotografía era sobre todo un estado mental. Una manera fácil de expresar el mundo interior de las personas y sus fantasías. No mostraba especial interés por la técnica. Las cámaras que utilizó siempre fueron sencillas y baratas y la improvisación era una de sus características más destacables en su forma de trabajar. No obedecía a ninguna regla y utilizaba la cámara como si nunca hubiese existido o se hubiese perdido en el tiempo. Tenía una gran capacidad para extraer de las imágenes el efecto deseado haciendo uso del mínimo esfuerzo. Según él, hasta las imágenes son una ilusión de nuestra mente y, cada uno de nosotros, situado ante le mismo objeto, ve imágenes distintas.

Trabajó en pintura, escultura, fotografía e incluso cine. Su vocación iba encaminada hacia la pintura, pero su talento y éxito como fotógrafo pronto le hizo dirigir sus fuerzas en esa dirección. Sólo escuchaba a su voz interior, su determinante inspiración y no dejó que sus trabajos se viesen influidos por las inquietudes de los demás. A menudo decía: “lo que importa no es la información sino la inspiración”. Y lo que siempre dijo, fue: “Pinto lo que no puede fotografiarse. Fotografío lo que no quiero pintar.” Man Ray, al fotografiar, tomaba posesión de los objetos y los transformaba, estando a veces más cerca de un fragmento de tragedia griega que de una fotografía en el sentido tradicional del término.

Trabajó para las grandes revistas de moda, aunque en realidad lo que le interesaba no era ésta, sino las mujeres que posaban, su atmósfera, su situación, sus pensamientos, todo lo invisible y la posibilidad de transformarlo y materializarlo en fotografía. Se convirtió en el fotógrafo oficial de toda vanguardia.

Frente a la mujer, se sentía especialmente inspirado. Las múltiples facetas de su arte caben en sus retratos femeninos, variados como la personalidad de sus modelos.

Su forma de retratar evolucionaba hasta el punto en el que no utilizaba una cámara convencional sino el rayograph (palabra en la que va implícito su propio nombre, ya que Ray es rayo) invento propio con el que elaboraba rayografías en las que la luz por sí misma formaba la imagen al incidir directamente en el papel sensible, como Breton puso de manifiesto al escribir que Man Ray quiere decir “le capteur de soleil”. La solarización también fue un método empleado a menudo en su gran abanico de experimentación fotográfica. Le gustaba revolver los materiales, mezclar los instrumentos, confundir todo lo que utilizaba, que el fotógrafo no se redujese a apretar un botón como si fuese un robot.

Pero tras toda innovación y trasgresión estética, retornaba siempre a su exquisita elegancia y acentuada expresividad. Y a pesar de que él no consideraba la fotografía como un arte, lo cierto es que sus creaciones son inseparables de toda concepción artística. Afirmación que queda patente en muchos de sus retratos, de concepción pictórica.

En la mujer, encontró Ray un lirismo enigmático haciendo que ésta se convirtiese en un objeto privilegiado. De las cinco mujeres que conformaron su vida sentimental, fue Kikí de Montparnasse (en donde sería enterrado en 1976), modelo del barrio más bohemio de París, la que acaparó las mejores fotografías. Quizás la más famosa es un retrato de ella llamado ‘El violín de Ingres’. Corría la época en la que Hemingway recordó que París era una fiesta y Marcel Proust seguía En busca del tiempo perdido, fiestas de disfraces a las que él acudía como tenista, surgían manifiestos intelectuales (tan necesarios hoy día), desfiles de moda (tan innecesarios hoy día) y en la que todo un glosario de célebres escritores, artistas y pensadores posaba para él. Hasta que hizo su entrada en escena la guerra con lo que se vio forzado al exilio en Estados Unidos en donde permaneció diez años eligiendo Hollywood como residencia y se casó por segunda y última vez con Juliet Browner, bailarina. La ceremonia fue doble ya que también contrajo matrimonio Max Ernst y Dorotea Taning. Alrededor de 1912, entró en un círculo anarquista de Nueva York, fue el primer pintor norteamericano que se adhirió al movimiento Dadá, fundó una revista, TNT, fue a su estilo, un revolucionario. Hizo buenas migas con Breton y los surrealistas. Construyó fotografías antes de que éstas llegaran a existir verdaderamente.


Una vez inmortalizadas las estrellas y personalidades del mundo del cine en aquella época, decidió volver a París en barco, como un viaje de placer. Iba a encontrar esa ciudad igual: “con la misma afición a considerar las pequeñas necesidades de la vida como lujos y los lujos como necesidades indispensables”.

Mientras regresaba de su travesía escribió un artículo sobre el arte sin una mención demasiado extraordinaria a la fotografía, pero como sólo expresó sus propias ideas y el mundo ama los trucos y su escrito no contenía ninguno sino su aparente sinceridad hacia el mundo del arte, no llegó a publicarse jamás.

En cambio sus fotografías debían encerrar todos los trucos existentes porque desde que disparó la primera cámara fotográfica, su legado no ha dejado de ejercer una fascinación inmortal.

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