NOCTÁMBULOS, UN ICONO
Nighthawks es una de esas pinturas que marcan el destino de un artista. Un acercamiento al creador de uno de los grandes símbolos del siglo XX
Noctámbulos (Nighthawks), el cuadro que representa una cafetería en paisaje nocturno de Nueva York, es una de las imágenes más famosas del mundo artístico del siglo XX. Es hoy en día ya un icono visual igual que las serigrafías de Marilyn que hizo Warhol o los relojes derretidos de Dalí. Realizado en 1942 refleja a la perfección el ambiente del cine negro, en pleno apogeo. Un movimiento cinematográfico tan americano como el género del western. Y en cuanto a la pintura americana, Edward Hopper es a este arte como Humphrey Bogart al cine negro. Nació el 22 de julio de 1882 en Nyack, Nueva York y tras muchos cuadros después y convertirse en uno de los máximos exponentes del realismo americano, murió el 15 de mayo de 1967 en Nueva York. En esa ciudad estudia dibujo en una escuela de diseño comercial en 1900 para dejarlo un tiempo después por la pintura, que estudió en la Escuela de Arte hasta 1906.
En 1942, tras entrar su país en la segunda guerra mundial, permanece inmune a los acontecimientos de la época aunque sí influenciado por Velázquez, Goya y Manet cuya obra había conocido por sus profesores en la escuela de arte y del que obtendría una influencia especial de la línea realista, grandes figuras geométricas y la importancia de las líneas horizontales, verticales y diagonales en los elementos arquitectónicos. Aunque exhibió una obra en el Armory Show de Nueva York en 1913, no supuso un gran interés y durante la década siguiente tuvo que ganarse la vida como ilustrador comercial. Viaja a Europa en tres ocasiones, sigue pintando aislado, inmerso en su mundo en el que siempre vaga una tenue sombra de misterio e intranquilidad. En su pintura se reflejan las características del siglo XX, que son básicamente el aislamiento y la soledad del individuo y la melancolía que le acompaña. Su estilo pictórico influirá decisivamente en el arte figurativo posterior y el Pop-Art.
El clima de suspense que envuelve este cuadro se debe en parte a la luz que ilumina el interior de la cafetería y que confiere a los propios personajes un aire de soledad y desinterés, están absortos en su mundo interior aunque parezca que el camarero mantiene una conversación con la pareja central.
Es un maestro de la atmósfera, a veces claustrofóbica y otras veces en coma, como si fuese parte de un sueño del que no interesa despertar. Realizó esta obra en colaboración con su esposa, a partir de unas notas que tomaba en su inseparable bloc.
Hopper es la cara oculta del sueño americano y aunque no es un genio del pincel, puesto que sus trazos son a veces torpes, a menudo fríos y poco definidos ni un pintor de su tiempo como Rothko o Pollock, sí es un artista influido sin duda alguna por el cine y sus imágenes. Sus cuadros rebosan un desasosiego a punto de reventar y atrapar al espectador. A menudo el motivo principal del cuadro ni siquiera está a la vista, sino que reside escondido, aletargado, como si fuese a hacer su aparición de un momento a otro, inesperadamente. Él recoge la atmósfera propicia para ese momento, captura el suspense igual que en una película negra, ese instante hitchcokiano en el que la tensión se concentra en los objetos o lugares cercanos al principal motivo de interés.
Retrata personajes solitarios como si los espiase, plasmando datos triviales sobre sus vidas que se pueden deducir fácilmente de sus ropas, aspecto y actitudes y crea así ese desasosiego que parece planear sobre todos ellos.
Los lugares que inmortaliza como teatros, casas, cines y hoteles entre otros nos hacen verle como un Philip Marlowe en busca de pistas. Un detective que husmea en la solitaria vida de las personas pero sin entrar en la escena que se está desarrollando, sólo permaneciendo al margen es como se puede ver mejor el desarrollo de una acción, como un mero espectador.
Con sus pinturas de faros y casas de las costas aprendió a hacer un uso de la luz imprescindible a posteriori y la transformó en una de las señas de intensidad e identidad de sus trabajos.
Muchos lo han bautizado como “el mejor mal pintor de todos los tiempos” porque las figuras no muestran rasgos definidos, sólo se encuentran en el lienzo como un objeto más, aunque sus mejores imágenes sean precisamente esas personas inquietantes.
La modelo femenina de todos esos cuadros es su mujer Josephine y debido a la tempestuosa relación que mantenía con ella siempre gustó de retratar parejas unidas pero al mismo tiempo separadas por un abismo de silencio y la casi ausencia total de sentimiento. Como si un componente de la pareja mostrase una infelicidad que la otra parte no supiese solventar. Su premisa es que todos estamos solos. Y aquí es cuando entra en escena la importancia de la luz, ese rayo de claridad al que muchos de sus personajes miran con esperanza tratando de encontrar una especie de fe reveladora que les muestre el camino.
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