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Monet, en la vida de la luz Imprimir
Escrito por Guillermo López   
Martes, 27 de Abril de 2010 15:29

El Puente de Waterloo, de MonetMONET, 'EL PUENTE DE WATERLOO'

Él nunca derivó hacia otras corrientes artísticas, sino que se mantuvo fiel al Impresionismo hasta su muerte.

Ante un cuadro de Monet, uno puede pasarse minutos y minutos contemplando su belleza interminable como la que reside en cualquier otra obra de arte de tales magnitudes, pero en este caso los minutos pueden llegar a convertirse en horas porque la ilusión que crea su contemplación nos hace sentir que estamos en ese lugar. Se llega a sentir esa brisa, esos últimos rayos del sol que se está muriendo y cuyo adiós permanece retenido en el agua de forma magistral. Ese agua parece moverse si permanecemos con la vista fija en su superficie en donde esos colores cálidos la llenan de vida, más incluso que una fotografía.

Ese lugar en el que me pasé unos quince minutos observando esa obra de arte pictórico es el Kunsthaus, un museo situado en la ciudad suiza de Zürich en el que uno puede llegar a perderse en la contemplación (más que eso, en realidad es absoluta veneración) de unas obras de arte realizadas hace siglos y cuyo brillo permanece intacto a pesar del transcurso del tiempo, que puede acabar con la vida de estos genios pero no lo podrá hacer con sus obras, muchas de ellas acreedoras de un carácter inmortal.

El 14 de noviembre de 1840 nace en París Oscar Claude Monet. El 6 de diciembre de 1926 fallece en su casa de Giverny. Entre esas fechas ocurre el milagro: la pintura de Monet. Siempre se le ha considerado como el máximo representante del Impresionismo. Indudablemente, es un impresionista puro, nunca abandonó sus ideas y en su pintura están presentes todos los principios básicos de ese estilo. A lo largo de su prolífica carrera, llegó a elaborar cerca de tres mil cuadros. Su máxima preocupación era plasmar la vida de la luz, es decir, lo que se dio en llamar vibración cromático-lumínica.

En sus pinturas la luz crea no sólo el color (imprescindible) sino también la forma (a veces determinada por el color). Su retina (en sus últimos años sufrió severamente de la vista) capta hábilmente el reflejo de la luz en cualquier lugar. Y esa cualidad es algo que se puede percibir con sólo dedicar una sola mirada a cualquiera de sus cuadros en sus distintas etapas. Esa extraordinaria cualidad es lo que buscan todos los pintores impresionistas. Amigos y compañeros suyos de estudio como Manet, Derain, Renoir, Sisley o Bazille también comparten esa meta. Pero no por ello tiene que reducirse su alcance a ese movimiento pictórico sino que otros estilos en donde la luz es de esencial relevancia también sucede ese milagro.




A diferencia de otros pintores él nunca derivó hacia otras corrientes artísticas, sino que se mantuvo fiel al Impresionismo hasta su muerte.

La pintura de Monet, posee cierta imprecisión en las formas y esa falta de nitidez que reflejan sugiere capacidad de movimiento de la imagen. Es como si la escena que contemplásemos adquiriese vida propia al ser visionada desde diferentes ángulos. Todo ello se combina de manera armónica para parir lo mejor de esa corriente pictórica. Al igual que en la imprecisión de una fotografía desenfocada o borrosa esta obra suya de la que existen más versiones (incluso este mismo motivo ha sido escogido también por Derain y algunos otros) está llena de vida. Es un pedazo de espacio-tiempo congelado. A Monet le gustaba retratar el aspecto camaleónico de todo lo que nos rodea porque todo cambia según el momento del día o la noche en el que es observado. Sus cuadros deben ser observados a una cierta distancia para poder asimilar toda su belleza.

Sus pinceladas están llenas de color puro, ya que no utilizaba apenas mezclas, ni el color negro, no perfilaba los bordes ni contornos y creaba luz con sus trazos multicolores.

El sol rojo que agoniza regala su último aliento del día que se ve reflejado en el agua convirtiéndola en dorada. El puente, que apenas se percibe, parece surgir del horizonte en brumas para cobrar protagonismo y dotar de una exquisita profundidad al lienzo. En la distancia los colores no tienen fronteras y parece, en ocasiones, que su inicio y fin no existen, para en una perfecta combinación explotar en nuestra retina, en forma de belleza luminosa incomparable.

Como todo gran artista, siempre preservó su intimidad llegando a rechazar la Legión de Honor y el ingreso en el "Institut de France", la más alta institución francesa de arte y ciencia.

Ver en un museo, sea donde sea, sus obras, las de los impresionistas, expresionistas, o cualquier movimiento o estilo pictórico de tal calibre es algo que deja huella para todos los amantes del arte en general y es algo que todo el mundo debería hacer para poder asistir a ese regalo del espacio-tiempo en el que podemos contemplar lienzos de hace un puñado de siglos y tenerlos a sólo unos cuantos centímetros de las narices.

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